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30 años después

    LA REPRESIÓN DE LA DICTADURA URUGUAYA LLEGA AL CINE 30 AÑOS DESPUÉS

    Por Clara Morales – INFOLIBRE – 05-12-2016

    • Migas de pan, una película de Manane Rodríguez, retrata las torturas sufridas por las presas en las cárceles del régimen cívico-militar
    • La justicia investiga aún la denuncia por violaciones que interpusieron 28 expresidiarias políticas en 2011

    ¿De verdad es la primera película de ficción que muestra la represión de la dictadura uruguaya? Manane Rodríguez, la directora de Migas de pan, asiente. Han pasado 30 años desde el final del régimen cívico-militar que gobernó el país entre 1973 y 1985, pero su cine aún no se ha ocupado en profundidad de esta herida histórica. La cineasta nombra Paisito, de Ana Díez, que se centra en el exilio, a la que hay que sumar Polvo nuestro que estás en los cielos, de Beatriz Flores Silva, que se para justo en el golpe de Estado. Su largometraje —el viernes 9 en los cines españoles—, protagonizado por Cecilia Roth y Justina Bustos, retrata la resistencia estudiantil, las torturas en los centros de detención y las condiciones infrahumanas en las que vivían miles de presos. O, más bien, de presas. Es, repitamos, la primera vez que los uruguayos han visto en la gran pantalla una ficción sobre este aspecto de su historia. La película ha sido la película uruguaya más vista del año en el país y le representa en la carrera a los premios Oscar.

    “Los cineastas uruguayos no se interesaron por el tema”, dice la cineasta encogiéndose de hombros. Habla con la distancia del emigrado: ella, como la protagonista de su película, tuvo que cambiar la resistencia política por el exilio cuando la asfixia se hizo insostenible, y vive desde hace años en Galicia. Por fortuna, no vivió la tortura, las violaciones ni la cárcel que sufrieron las presas del penal de Punta de Rieles a las que homenajea. Ve en el éxito de su película una indicación de que el público uruguayo está dispuesto a recordar: “La gente necesitaba que le hablaran. Hay un manto de silencio muy grande, porque es una sociedad muy pequeña, son tres millones de habitantes, la dictadura fue cívico-militar… Hay mucha gente que no quiere ni oír hablar del tema porque colaboró o siente que colaboró”.

    El filme sigue a Liliana Pereira —interpretada por Roth en su madurez y por Bustos en su juventud—, una mujer que decide regresar a su país después de años de ausencia. Allí le espera el recuerdo de su pasado de presa política, pero también el rechazo de su hijo, cuya patria potestad le arrebató el régimen. “30 años es mucho tiempo. A ellas nadie les ha preguntado cómo están. Dicen que ese silencio era para protegerlas a ellas, pero quizás son ellos mismos quienes se están protegiendo”, arroja Rodríguez. En 2011, 28 antiguas presas políticas presentaron una denuncia colectiva en la que sacaban a la luz las torturas, violaciones y vejaciones a las que fueron sometidas durante su estancia en distintos centros de reclusión del Estado. En 2013, la justicia falló que se trataba de delitos imprescriptibles por tratarse de crímenes de “lesa humanidad”. Hace un año, la Fiscalía llamó a declarar a 30 militares sobre este asunto, pero el caso parece haber encallado.

    “Está en algún cajón perdido”, critica Manane Rodríguez, a punto de tomar un tren para regresar a Galicia. El “manto de silencio” del que habla ha alcanzado a la justicia. En 1986 entró en vigor la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, conocida como Ley de Impunidad, que establecía la prescripción del “ejercicio de la pretensión punitiva del Estado respecto de los delitos cometidos hasta el 1o de marzo de 1985 por funcionarios militares y policiales”. La normativa intentó derogarse en varias ocasiones por plebiscito, sin éxito.

    En 2011, el Parlamento aprobó una nueva legislación que permitía aplicar el tipo de “terrorismo de Estado” a los abusos cometidos durante la dictadura, pero la legislación es confusa: la Ley de Impunidad nunca llegó a ser derogada, y, aunque ha sido tachada en varias ocasiones de anticonstitucional por los jueces, en el sistema uruguayo esto no tiene efectos derogatorios inmediatos, sino que la normativa debe ser considerada inaplicable caso por caso. “La impunidad rompe el pacto social: si un asesino múltiple puede estar tranquilo, si los que acabaron con un país siguen por ahí tan pavos reales, si los militares de la dictadura tienen una pensión que no la tiene ningún trabajador, ¿cuál es el mensaje que se manda?”, se interroga la cineasta.

    Pero la impunidad se extiende también en otros planos. “Al término de la dictadura, los hombres salieron de la cárcel y dieron su rueda de prensa. A ellas las mandaron a casa y no ocuparon puestos importantes en política”, cuenta Rodríguez. Ellas se han seguido reuniendo, como retrata la película, en parte como terapia: solo entre ellas han sido capaz de tratar los abusos y las humillaciones a las que fueron sometidas. El filme ha reflejado también una censura social: la familia de la protagonista le reprocha que se enrole en la resistencia en lugar de criar a su hijo; el médico que la trata en el centro de detención donde sufre las primeras torturas le pregunta si no le bastaba con cuidar de su marido o echarse un amante. Los relatos de su sufrimiento se han hecho también a media voz y por ellas mismas en libros como Mi habitación, mi celda, de Lilián Celiberti, o La tienta, de Ivonne Trías.

    Esta última, una periodista y escritora que pasó 13 años —es decir, todo el tiempo que duró la dictadura— en prisión, es, de hecho, amiga de la cineasta. Manane Rodríguez se basó en sus recuerdos para crear el ambiente asfixiante de la celda en la que las presas viven hacinadas, pero también para desgranar el compañerismo entre ellas: las clases de alemán que organizaban, los alimentos que compartían, los cuidados a la compañera que había perdido la cordura. Trías se ofreció incluso a hablar con las actrices más jóvenes, especialmente con Justina Bustos. “Ella sabía muchas cosas”, dice, prudente, la cineasta, “Lo que se puede hablar”.

    La escritora se guardará para sí lo que no. Y es, como la ficticia Liliana Pereira, una superviviente, una mujer independiente y fuerte que se ha forjado una vida “después del infierno”. “La gente me dice que la película termina bien. Y bueno, la historia tampoco terminó mal: están vivas. Mal terminaron otros”, recuerda Rodríguez. Por ejemplo, los 174 desaparecidos que reconoció de manera oficial la Comisión para la Paz. O su compañero Julio Expósito, asesinado por la espalda a manos de la policía durante una manifestación en contra del régimen. En su última visita a Montevideo pudo asistir a un homenaje. Sirvió para acallar, en parte, ese sentimiento de lejanía que tienen los exiliados. Allí estaban sus compañeros de lucha, unos más felices que otros pero todos presentes. Motivo suficiente para dar a su filme algo de luz: “No quería hacer una película que dejara al espectador con la idea de que no hay esperanza. Queda mucho. Hay que seguir”.

     

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